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9 meses de atraso

Gran parte de mis películas favoritas las vi entre los 15 y 22 años, fue un periodo en el que trataba de absorber todo lo que pudiera creyendo que si me apuraba podría descubrir el hilo negro y el agua tibia. Pero algo es claro, las cosas a las que nos exponemos en la primera juventud – argumento de chavorruco – son las que determinarán en buena medida el estilo de pensamiento que desarrollaremos.

Allá por el año 2000, en un mundo muy diferente al que vivimos ahora a pesar de que no ha pasado tanto tiempo, tuve la oportunidad de ver el primer largometraje de Stephen Daldry que casualmente resulta el más logrado de un cineasta que después nos presentaría The Hours, The Reader, Extremely Loud & Incredibly Close, y que actualmente es la cabeza tras la serie original de Netflix, The Crown. Hablo de Billy Elliot.

Si has visto el filme coincidirás conmigo que es una película en la que cada componente está acomodado de la manera justa: edición, tomas, dirección de arte, guión, actuaciones, etc., están acomodadas para hacerte vivir el viaje de los personajes de una manera personal, y resulta aleccionadora sin lanzar discursos de corrección política. Al final tuvo tres nominaciones al Oscar el año siguiente, y Jamie Bell de entonces 14 años, se alzó con el Bafta a Mejor Actuación Masculina frente a Michael Douglas, Tom Hanks, Geoffrey Rush y Russell Crowe.

Con tan buen antecedente, era natural tener dudas cuando la historia llegó a los escenarios teatrales en 2006 con música de Elton John, y tras 11 años de éxito en el West End y dos en Broadway llegara a México. Y después de meses de dudarlo y no encontrar oportunidad, pude ver la versión mexicana de esta adaptación que desde febrero se está presentando y ahora se encuentra en sus últimas semanas.

Si te interesa la obra, es muy probable que conozcas la película pero aún así trataré de no revelar spoilers. En general la sensación al salir del teatro es muy buena, aunque no me alcanzó para sustituir los años de amor a la película, la música tiene una maestría evidente, la traducción – de René Franco y Susana Moscatel – es realmente buena y logra captar el tono de la película y el contexto, sin ningún tipo de concesiones salvo el que el público realmente entienda cada palabra del texto.

Todos los aspectos materiales de la obra están magníficamente resueltos, y las actuaciones están en muy muy nivel, destacando Anahí Allué. Para quienes han tenido la oportunidad de ver teatro musical en Londres o Nueva York es probable que se queden cortas, incluso en el virtuosismo del protagonista (al menos el que vi), pero si estás pagando la mitad de lo que te costaría un boleto allá y en el contexto del desarrollo que está llevando esta rama del teatro en el país es entendible y encomiable el nivel de esta puesta.

Sin embargo, el gran propósito de la historia se logra tal vez un poco más que en la película pues ante un mundo más cínico el mensaje debe ser más claro para que no pase inadvertido y realmente confronte a quien necesite una pequeña sacudida.

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